Nuestro abuelo cavernícola vivió una vida muy dura. Su entorno estaba lleno de amenazas y peligros que casi logran que se extinguiera nuestra especie. Producto de mucho tiempo esas circunstacias nuestro cerebro se programó para percibir aquellos aspectos que pueden causarnos daño, dolor, sufrimiento o la muerte.
Aprendimos que los riesgos se pueden percibir anticipadamente al identificar sus indicadores previos y gracias a esto aprendimos a prevenir y sobrevivimos en el tiempo.
Esta habilidad que nos permitió sobrevivir también logró que las personas aprendieramos a vivir atentos y concentrados en el peligro, pretendiendo evitar todo aquello que puede hacernos daño y muchas veces impidiendo que vivamos a plenitud en la actualidad en la que si bien existen riesgos, el entorno está mucho más controlado y los riesgos pueden abordarse sistemáticamente y hasta aprovecharse.
Es cierto que existe la necesidad de tener una sólida percepción de nuestra realidad y los aspectos que son peligrosos en esta, así como una clara noción de nuestras áreas por mejorar y amenazas potenciales pero también y primordialmente es necesario que sepamos cuales son nuestras fortalezas y oportunidades, para poder crecer, ser productivos y felices.
Nosotros mismos escogemos los elementos con los que construimos nuestra vida y nuestra capacidad para e desarrollo por medio de riesgos controlados.

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