En nuestra cultura occidental se tiende a creer que la felicidad es una condición etérea y esquiva que por lo general se puede alcanzar “después de” o “hasta que” algo especial suceda y se percibe como la meta última de la vida. Desde nuestra perspectiva, predominantemente capitalista, esta condición intangible es casi exclusivamente accesible mediante la adquisición de bienes materiales, status y acumulación de dinero, pero es conveniente considerar algunos aspectos que la experiencia cotidiana y un nueva propuesta psicológica aportan, logrando que se entienda la felicidad como una constante en las vidas de las personas que deciden asumir una posición más natural, activa y flexible, como la de los niños.
Generalmente, los niños desde tempranas etapas de su vida, cuando empiezan a controlar su movimiento, tratan de dedicar su día entero a juegos y actividades que les resultan placenteras y gratificantes, es más, resulta difícil creer que un niño invierta tiempo y recursos en una actividad que le resulte adversa o displacentera. De la misma manera, naturalmente los niños tienden a comprometerse con las actividades que los ocupan de forma absoluta, mientras estas actividades sigan reportándoles emociones positivas, disfrute o experiencias gratas. Al comprometerse, parecen abandonarse a la realización de la actividad o a la percepción del estímulo o tema de su interés, en el momento presente. Las ideas de pasado y futuro todavía no están muy elaboradas aunque tienden a ser más concretas y claras, por ejemplo, el niño recuerda que en la navidad se divirtió mucho y proyecta que quiere ir al parque en el futuro cercano. La claridad parece ser una característica inherente a los deseos de los niños.
En ellos, la vivencia del momento presente es casi ininterrumpida y pueden, en la experiencia de su inmediatez, declarar el sentido de sus esfuerzos naturalmente. Osea, construir una torre de cubos es una actividad que se realiza por que resulta gratificante o se produce un dibujo de para darle un regalo a mami o a papi. La torre no se construye para probarse a sí mismo que es mejor que los demás niños de su edad ni para sentar las bases de una futura carrera en la arquitectura o la ingeniería civil. Los dibujos se hacen para expresar a mamá o a papá las emociones positivas que siente y no para ganar mucho dinero como un artista consumado y vivir una vida de lujos.
De esta misma manera, las emociones en los niños se viven abierta y francamente, se ríe cuando se tiene risa y se llora con la tristeza o el dolor sin que medien una gama compleja y enredada de programaciones sociales y culturales. En estas etapas la risa no quiere decir tontería ni las lágrimas son un indicador de debilidad. Demostrar amor no está asociado a que se aprovechen de uno ni el enojo es sugerente de problemas neurológicos o deficiencias genéticas. La autenticidad con la que los niños viven sus emociones los previene de una serie de imposibilidades y embotellamientos afectivos que generan mucha tensión y logran la ineptitud emotiva que caracteriza a muchos adultos.
Antes del inicio de la socialización de pares, los pequeños parecen aceptarse incondicionalmente. No es hasta que son llamados gordos, flacos, feos, enanos o cerebritos, de manera despectiva, que estos adjetivos adquieren las connotaciones aversivas que en casi todos los casos teñirán la identidad y marcarán una serie de inseguridades en el adolescente y el adulto por el resto de su vida, en el peor y más común de los casos.
Las relaciones con su grupo inmediato, son en los niños, naturalmente más llevaderas y auténticas, al menos con aquellos que se entienden como figuras de apoyo, amor y convivencia positiva. Las reacciones de evitación o rechazo se empiezan a desarrollar en el pequeño después de ser víctimas de jalones de cachetes, bromas pesadas, emociones negativas o experiencias dolorosas. Aunque los niños saben plantearse metas concretas y objetivas, y se ocupan de definir rutas igualmente claras para alcanzarlas, en términos del lugar al que quieren ir, el juguete que quieren de regalo, las personas con las que quieren compartir su tiempo y hasta lo que quieren ser cuándo sean grandes, se concentran efectivamente en el momento actual, mismo que disfrutan al máximo sea con un juguete o con una caja de cartón, en un cuarto de juegos de última moda o en los espacios que su vida les brinda. Para los niños lo importante es disfrutar.
El optimismo y la esperanza son de igual manera, fácilmente identificables en los niños que casi siempre plantean sus expectativas en términos de positivos, diciendo lo que quieren en lugar de decir lo que no quieren, deseando sincera y enfáticamente que sus deseos se cumplan, sin dudas o ambivalencias. Sus acciones, en todo caso, apoyan sus deseos y buscan el logro de lo que se han planteado.
La Psicología, desde la Segunda Guerra Mundial, se ha dedicado a la identificación, diagnóstico y tratamiento de las dificultades de la experiencia humana, concentrándose y actuando en el problema de manera que la patología y el sufrimiento son el insumo básico de la psicoterapia. De acuerdo al Dr. Martin Seligman, reconocido psicólogo estadounidense y presidente de la Asociación Americana de Psicología, APA, durante el periodo de 1998, la psicología ocupándose de los aspectos previamente mencionados ha logrado grandes avances en la atención del sufrimiento psicológico del ser humano, mas no ha hecho esfuerzos científicos consistentes en la búsqueda de la plenitud, el crecimiento y la felicidad. El Dr. Seligman representa esta realidad diciendo que la psicología se ha ocupado de ayudar a las personas a pasar de un estado disminuido o doloroso a un estado de normalidad, pero no se ha ocupado de proveer herramientas ni intervenciones que permitan pasar de un estado de normalidad a un estado de excelencia. La terminología psicológica respalda su posición en tanto existen términos para definir cada condición patológica que se ha identificado y la lista de padecimientos se expande constantemente, mientras que la terminología para identificar emociones, características, condiciones e instituciones sociales positivas es mucho más reducida y menos específica. Es más, condiciones y características como el altruismo, la afiliación y el humor, son considerados según manuales diagnósticos como “mecanismos de defensa”.
El mismo Dr. Seligman propone en su periodo de presidencia de la APA que la psicología debe dedicarse a desarrollar la experiencia del ser humano desde sus aspectos y posibilidades positivas, de manera que se faculte un crecimiento de, entre otras condiciones, la felicidad. Nace en este momento la Psicología Positiva, empezando a desarrollar conocimiento que sugiere que algunas de estas características inherentes a la forma de ser, natural de los niños, son componentes esenciales de la felicidad. Doce años más tarde y después de una implementación deliberada, mucha investigación y hallazgos importantes en cuanto a la parte positiva de la vida del ser humano, se sabe con respaldo científico que la felicidad es posible y es construible.
La Psicología Positiva se ocupa de las vivencias positivas, los rasgos positivos y las instituciones sociales como la amistad, la lealtad, la sociabilidad, entre otros, que se conocen actualmente como imprescindibles aspectos del desarrollo pleno de las personas y las sociedades. La Psicoterapia Positiva, la rama práctica de esta corriente, se ocupa de potenciar las emociones positivas tanto placenteras, mediante los sentidos, como gratificantes, mediante la realización de ciertas actividades. También se ocupa de permitir la identificación de las fortalezas personales, entendidas como aquellas características que son efectivas, funcionales y productivas y que permiten experiencias en las que se puede lograr compromiso o dedicación profunda, automática y absorbente. Finalmente, la Psicoterapia Positiva se dedica a potenciar en el individuo, el desarrollo de un sentido en la vida, mediante la vinculación en una o varias causas que se consideran mayores en relevancia a uno mismo. Entre los logros de esta corriente está una clasificación de fortalezas de carácter que le indican al individuo, por medio de un instrumento científico, cuáles son sus rasgos o características más efectivas, funcionales y fuertes. Además existen protocolos terapéuticos que desde dichas características positivas se dedican a acrecentar las emociones positivas, el compromiso y el sentido en la vida, sin centrarse en el síntoma o problema. También se han desarrollado herramientas y modelos para la implementación de cambios que incrementan el nivel de bienestar en los sujetos y otra amplia gama de aplicaciones que se centran en fortalecer lo que ya está bien y que esto permita enfrentar las dificultades.
Todas las anteriores son las esferas de acción de este enfoque y que tienen como fin último alcanzar lo que se entiende, amplia y ahora científicamente, como felicidad.
Se puede llamar inteligencia genética, sentido común, tendencia natural o naturaleza misma pero este abordaje permite que las personas logren recuperar lo que parece que se ha perdido en la niñez. Al igual que en la cosmovisión de los niños, la Psicología Positiva se enfoca en los aspectos fuertes, relevantes, positivos y satisfactorios de la vida permitiendo que el desarrollo del individuo se dé en la búsqueda de la plenitud y la felicidad, en vez de en la evitación del malestar y el dolor. La ausencia de enfermedad no significa salud y este enfoque se ocupa de propiciar la salud más que de aliviar el padecimiento.
Se puede, mediante la consideración de los aspectos descritos en el párrafo anterior que, como se establece al principio de este artículo, los niños naturalmente tienden a coincidir en su forma de ver y vivir la vida con los criterios de felicidad que define la Psicología Positiva de manera empírica, considerando que la experiencia vale por sus aspectos positivos y que los aspectos negativos no deben obviarse más tampoco deben ocupar el centro de atención ni definir la vida.
Tristemente y aunque es evidente que los niños son naturalmente más felices que los adultos, la socialización de la que son víctimas tiende a convertirlos, aún muy tempranamente, en reflejos de la insatisfactoria vida adulta que la cultura propone. Aunque la naturaleza nos haya programado para una existencia más placentera y feliz, parece que la maduración, al menos culturalmente, persigue en contraposición, niveles de rigidez, insatisfacción y sufrimiento que no permiten la vivencia de la plenitud en la vida. Puede decirse que es de suma relevancia y pertinencia que exista ahora una rama de la psicología, dedicada a recuperar y potenciar la felicidad.

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