Aunque nos percibamos como seres individuales, autosuficientes e independientes y dichas condiciones nos ayuden a percibirnos de mejor manera y a querernos más, nuestra naturaleza social es inegable y en pocas oportunidades algún evento en nuestra vida es completamente aislado de los demás. Sea en causas o en consecuencias, todos los acontecimientos de la vida tienen influencia o impacto en la sociedad. Por socialización, en nuestro ambiente, se tiende al individualismo y se busca sobresalir, ganar, vencer o quedar a final de cuentas por encima de otros y si bien es cierto que la competencia es una muy buena motivadora, la cooperación parece tener mejores resultados en el logro de las metas y la plenitud.

Si bien es cierto que estamos acostumbrados a compararlo todo en cantidad, calidad y características, dichas comparaciones parecen hacerse mayormente desde la perspectiva de la competencia y como referentes de nuestro propio estado en relación al de los demás. Siempre hay alguien que gana más, tiene más, viaja más o sabe más pero la conciencia de esas diferencias se utiliza comúnmente como un marcador de la propia insatisfacción o carencias.

¿Qué pasaría si esas comparaciones nos sirvieran para saber cómo complementarnos con los demás, aprovechando las fortalezas de los demás y poniendo a su servicio las nuestras para crecer juntos?

Es claro que culturalmente no estamos acostumbrados a identificar las fortalezas personales, práctica que en algunos contextos se percibe como una vanalidad narcisista. Por otra parte y aunque estamos mejor adiestrados en el reconocimiento de las fortalezas de los demás, por lo general como se establece anteriormente, se hace desde una perspectiva de competencia que puede dejarnos con muchas frustraciones por la “desventaja” en la que estamos con respecto a los que más han logrado. Si por el contrario nos permitiéramos hacer una matriz común de nuestros logros, fortalezas, capacidades y destrezas, beneficiándonos de aquello en lo que los otros son mejores y aportando nuestras fortalezas, se podría bosquejar un sistema social mucho más efectivo y satisfecho.

Aunque el ejemplo al que recurriré es triste, las guerras son momentos en los que los pueblos, naturalmente, unen sus fortalezas para enfrentar un reto o enemigo común. No es extraño entonces que estos sean los periodos de la historia en los que se experimenten mayores desarrollos tecnológicos y avances científicos. Tampoco es extraño que sea en los momentos en los que las personas se dedican más a cuidar y proteger a sus congéneres, a los de su bando. Aunque por lo general las guerras se estudian desde el conflicto y los daños que generan en los pueblos, hay otra realidad y es la que se describe en este párrafo. Aun en un evento tan nefasto como la guerra, hay un lado positivo que se comprende como el impulso natural que se presenta entre los miembros de los bandos.

Como fuerzas sociales, ambas, competencia y cooperación son necesarias en nuestra estructura cultural pero se debe dedicar un mayor esfuerzo a potenciar y desarrollar nuestra habilidad y práctica de cooperación, en nuestra vida familiar, en nuestro trabajo, en nuestros círculos sociales…

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