Hace algunas semanas tuve la oportunidad de participar en una charla impartida en una reconocida universidad estatal que versaba acerca del tema del liderazgo en instituciones educativas. El expositor, un reconocido charlista, capacitador y escritor argentino, no logro menos que sorprenderme con su versatilidad, claridad y técnicas para la difusión del conocimiento. A todas luces se notaba su experiencia, gusto y profundo entendimiento de su tema, el liderazgo.

Además del tema principal, muchos otros temas secundarios salieron a la luz ese día y me sentí obligado a estar de acuerdo con sus ideas y razonamientos acerca de casi todos los temas expuestos. Hubo sin embargo una excepción. En el punto cúspide de su presentación, este charlista hizo énfasis en el valor del sufrimiento como camino exclusivo al logro de las metas en la vida. Recuerdo su mano tensa  y parcialmente contraída como una garra y expresión iracunda, cual el mejor de los actores shakespeareanos, cuando dijo en un todo dramático que es el sufrimiento profundo y constante el que hace que las personas logremos cosas importantes en la vida, que los fracasos, frustraciones y sufrimientos en general son los que nos indican que avanzamos hacia nuestra meta. Quedé perplejo.

Posteriormente, invité al experto en cuestión a mi oficina entre otras cosas con la intención de cuestionar dicha idea y buscar al menos una explicación razonable de dicho entendimiento. Finalmente no se pudo concretar la visita y mi necesidad de comprensión a este respecto quedo insatisfecha, pero he hecho bastante reflexión al respecto, a fin de resolver la disonancia cognoscitiva que este evento me generó y de este ejercicio he extraído las siguientes conclusiones.

La ideología judeo cristiana es, de acuerdo a Nietzsche, una ideología esclava. Nietzsche es reconocido por sus ideas antiestatarias y controversiales por lo cual su mentalidad se puede entender como una confrontación directa a los supuestos incuestionables de la sociedad occidental. Demás está decir que ideas de este tipo son incendiarias por naturaleza y su aceptación es muy limitada en nuestra sociedad pero, en realidad muchos de los estatutos de la doctrina monoteísta judeo cristiana surgieron en momentos de opresión, persecución y esclavitud sufridos por los pueblos judíos y cristianos antiguamente. Por ejemplo, el pensar que habrá una recompensa divina por el sufrimiento vivido, que la vida es un valle de lágrimas, que Dios premiará a los pobres de espíritu o que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que un rico entre al cielo, o bien la idea misma del purgatorio son reflejos fehacientes de esta forma de pensar. Basta con escuchar detenidamente algunas de las oraciones tradicionales del catolicismo para darse cuenta que se promueve la aceptación del sufrimiento como camino a la salvación. Como dice mi dentista, el dolor purifica el alma. Puede ser esta la razón para que muchas personas vivan concentradas en sus padecimientos, en los accidentes dolorosos de su vida e inclusive compitan por determinar quien sufre más. Si el sufrimiento como nos propone este reconocido charlista es un indicador de progreso hacia la meta deseada se podría entender fácilmente porque nuestra sociedad parece estar cada día peor y porque esa parece ser una idea generalizada entre las personas.

Frases como “una de cal y una de arena” presentan una perspectiva un tanto progresista ante la variabilidad de conceptual de la naturaleza de los eventos, sugiriendo que aparte de cosas negativas también hay cosas positivas pero plantea también una postura determinista ante la inevitabilidad del sufrimiento. A todo esto y de acuerdo a mis últimos aprendizajes, el sufrimiento en realidad puede ser opcional ya que es de naturaleza subjetiva. La lógica nos puede indicar que a un problema, una solución, aunque definitivamente existen situaciones que no tienen respuesta evidente en la inmediatez y existen circunstancias que son inevitables como la muerte. Es sin embargo, la valoración subjetiva de las distintos eventos de la vida, la que determina si se sufre o no. Por ejemplo, existen culturas en las que la muerte es considerada un evento sumamente positivo y un reflejo de la vida misma. Tal vez, los Vikingos sean un buen ejemplo de esta cosmovisión, aunque su ausencia de miedo a la muerte los pudo llevar a vivir vidas llenas de excesos y mucha violencia. Los romanos son también un buen ejemplo de una cosmovisión distinta en la que la vida, entendida cíclica o circularmente, no tenía una suma relevancia y entonces debía dedicarse a la búsqueda del placer y la evitación del dolor. La muerte era solo una circunstancia natural que siempre se daría.

Desde el conductismo, cuando un estimulo se asocia a una consecuencia se habla de un condicionamiento clásico, como por ejemplo en el caso de la campanilla y la salivación del perro en el experimento de Pavlov. Si sufrimiento se asocia, y sospecho que así es casi generalizadamente, con una recompensa posterior de mayores dimensiones, entonces cada nuevo sufrimiento puede ser un indicador de avance hacia el cielo, la felicidad, la plenitud. Es para mí claro a este punto que este mecanismo tiene por objetivo el desarrollo de una felicidad artificial, como la que propone la escuela de psicología de Harvard en los hallazgos de varias investigaciones en este tema. Dicha felicidad artificial se describe como la aceptación y eventual idealización de las condiciones presentes contra las condiciones ideales iniciales esperadas en un acontecimiento. Por ejemplo, si se desea un artículo en particular que a nuestro parecer vaya a cumplir una función relevante en nuestra vida como un televisor de pantalla plana y por disponibilidad de recursos no podemos adquirirlo, el cerebro tiene mecanismos específicos para que nuestro interés en el artículo y en la función de ese artículo en nuestra vida decaiga. De repente, ante la imposibilidad de adquirir ese televisor, nuestra disposición a otra actividad, como escuchar radio, también se incremente. De esta manera, si socioculturalmente hemos sido entrenados para tolerar, aceptar y hasta buscar el sufrimiento, dado que existen eventos adversos en la vida que generan esta condición, es posible que se asocie paradójicamente el sufrimiento con la felicidad. Cuanto más adversas sean las condiciones de vida y más oportunidades para sufrir se tengan como en la opresión o en la esclavitud, más importante será que dicha asociación se haga.

Es de suma relevancia a este punto y en este momento histórico que hagamos algunas simples consideración de validez de dicho paradigma. ¿Son nuestras condiciones tan adversas como aquellas que auspiciaron la conformación ideológica de nuestra cultura occidental, judeo cristiana? ¿La asociación entre sufrimiento y recompensa es racional? ¿No será la felicidad un mejor indicador de realización, de bienestar y progreso en la vida? ¿No es extraño que para llegar al cielo haya que sufrir condiciones infernales?

Finalmente y gracias a Dios, quiero comentar que me he maravillado de escuchar líderes espirituales, católicos inclusive, hablar de felicidad, del deseo de Dios de que el ser humano se realice, que se dedique al bienestar propio y de los demás, que viva altruistamente y que se comprometa con su propia vida, contradictoriamente a la antigua doctrina de sufrimiento, aislamiento y pesadumbre, anteriormente entendida como el camino a la felicidad.

 

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