Archive for diciembre, 2010


La simetría y la complementariedad son conceptos clínicos de la teoría de la comunicación, incorporados a la psicología sistémica, ya que describen como las personas interactuan como iguales o como desiguales y esto puede generar, en ambos casos, una serie de dificultades inter e intrapersonales. Cuando se interactua con pares o iguales, se tiende a entrar en una competencia o escalada en la que ambos interlocutores quieres quedar por encima o derrotar a su contraparte. Este tipo de lucha se da primordialmente entre iguales no realizados personalmente, que sienten amenazas en una relación en la que en apariencia hay igualdad y ninguno prevalece en poder sobre el otro.

Las relaciones entre distintos o relaciones complementarias, tienden a tener dificultades por abuso, ya que el individuo más poderoso tiende a imponer su opinión y deseos sobre el otro. De aquí podemos comprender las dinámicas de abuso de todo tipo, desde la corrupción del gobierno hasta el bullying, ya que el poder cumple el rol de organización social primitiva, como en las manadas de lobos.

Idealmente, los seres humanos deberíamos reconocernos en nuestras particularidades e interactuar sin sesgos jerárquicos que nos dividan pero en realidad, dicho proceder está programado genéticamente como mecanismo estructurante de las relaciones sociales y cumple la función de asignar el poder a algunos miembros para evitar el caos anárquico que puede conducir a la extinción total de la especie. Actualmente, el mecanismo de distribución del poder de la forma descrita, aunque todavía estructura nuestra sociedad, ya no es necesario, puesto que las personas tenemos o deberíamos de tener consiciencia del valor de la dinámica social y la interdependencia que mantenemos con los demás seres humanos y elementos del universo. Una posición más nivelada, de igualdad, respeto y cuidado mutuo se sobreviene como la única opción para evolucionar hacia un estado más adaptativo, productivo y hasta compatible con la vida.

Es difícil creer que pueda existir armonía si hay disparidad, también es difícil pensar que las personas podamos vivir en paz si nuestra meta es superar a los otros. Esta idea, ya ha sido propuesta por distintos modelos ideológicos en el pasado y con distintas consecuencias, desde el cristianismo hasta el comunismo, ha logrado un impacto en la humanidad, aunque en todos los casos, la idea original de igualdad y respeto mutuo se ha convertido en una escusa para la acumulación y enriquesimiento de algunos sectores. La solución, es el bienestar general, no esperar que los que más tienen donen sus excedentes, sino que la gente encuentre lo que la llena y se dedique a esto quitando del frente la vana idea de la riqueza ilimitada. En todo caso, quien se dedica a lo que verdaderamente lo realiza, puede ser un mucho mejor profesional y más productivo que el que trabaja por dinero.

Sí para mí quiero felicidad, amor, plenitud, bienestar y paz, no hay manera posible de llegar a este estado procurando tristeza, odio, pobreza y conflicto en los demás. Si se puede vivir en realización plena, se puede procurar esto en los demás sin que ello signifique que hay que tener todo el dinero del mundo.

Al ayudar a los demás, me ayudo a mi mismo.

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Se puede pensar que hemos crecido en una cultura de insatisfacción que nos obliga a creer que nunca es suficiente. Nunca tenemos suficiente dinero, suficientes bienes materiales, suficientes reconocimientos, suficientes experiencias, viajes, medallas. Al parecer, ni ante el mayor de los logros podemos aceptar que lo que sí tenemos es gratificante, satisfactorio y suficiente.

Conozco una historia en la que, después del partido final de campeonato de una liga de basket ball colegial, un

entrenador, reunió a su equipo campeón para reclamarle a gritos sus errores durante el partido, esto con el supuesto fin de no permitirles creer que ya lo habían hecho suficientemente bien, aunque el trofeo al primer lugar de la temporada señalaba lo contrario. Una de las frases que utilizó fue, “ustedes no son campeones por sus méritos, sino por los errores de los otros equipos”. Está por demás discutir cómo esta forma de tratar a sus “fracasados campeones” es un reflejo de esta cultura de supuesto perfeccionismo y habla de una autoestima muy frágil en este inepto entrenador.

Ante todo, y aun ante los mayores logros de la vida, hemos sido entrenados por falsa humildad o por orientación al

logro, a criticar fuertemente nuestro desempeño y resultados, siempre a la luz de lo que se pudo lograr con más esfuerzo, más dedicación o mayor compromiso. No se trata de abandonar nuestras metas o de no exigirnos al máximo de nuestro potencial pero sí debemos aprender a aceptar tanto fracasos como nuestros triunfos. En realidad, en la aceptación de nuestros fracasos tendemos a ser mucho más hábiles ya que se nos ha dicho, también por falsa humildad, que todos cometemos errores y que es de sabios reconocerlos y enmendarlos, refieriéndose más bien al deber que se tiene de ser el mejor, no mejor, el mejor en todo.

La frustración entonces entra en esta fórmula y acompaña cada intento fallido de ser perfectos sin aceptar sinceramente ni errores ni triunfos aunque sean parciales ya que la perfección, que no existe, es inalcanzable y fue creada ideológicamente como mecanismo de control social entre las personas que nunca podrán serlo pero siempre deben intentarlo y afectarse si no lo logran.

Si somos objetivos y conscientes de nuestra realidad, nos daremos cuenta de que existen por día, miles de pequeños triunfos que podemos reconocer y hasta celebrar. Igualmente, si nos dejamos de supuestos perfeccionismos podremos darnos nuestro lugar por nuestros méritos, sin dejar de perseguir nuestros sueños.