Se puede pensar que hemos crecido en una cultura de insatisfacción que nos obliga a creer que nunca es suficiente. Nunca tenemos suficiente dinero, suficientes bienes materiales, suficientes reconocimientos, suficientes experiencias, viajes, medallas. Al parecer, ni ante el mayor de los logros podemos aceptar que lo que sí tenemos es gratificante, satisfactorio y suficiente.

Conozco una historia en la que, después del partido final de campeonato de una liga de basket ball colegial, un

entrenador, reunió a su equipo campeón para reclamarle a gritos sus errores durante el partido, esto con el supuesto fin de no permitirles creer que ya lo habían hecho suficientemente bien, aunque el trofeo al primer lugar de la temporada señalaba lo contrario. Una de las frases que utilizó fue, “ustedes no son campeones por sus méritos, sino por los errores de los otros equipos”. Está por demás discutir cómo esta forma de tratar a sus “fracasados campeones” es un reflejo de esta cultura de supuesto perfeccionismo y habla de una autoestima muy frágil en este inepto entrenador.

Ante todo, y aun ante los mayores logros de la vida, hemos sido entrenados por falsa humildad o por orientación al

logro, a criticar fuertemente nuestro desempeño y resultados, siempre a la luz de lo que se pudo lograr con más esfuerzo, más dedicación o mayor compromiso. No se trata de abandonar nuestras metas o de no exigirnos al máximo de nuestro potencial pero sí debemos aprender a aceptar tanto fracasos como nuestros triunfos. En realidad, en la aceptación de nuestros fracasos tendemos a ser mucho más hábiles ya que se nos ha dicho, también por falsa humildad, que todos cometemos errores y que es de sabios reconocerlos y enmendarlos, refieriéndose más bien al deber que se tiene de ser el mejor, no mejor, el mejor en todo.

La frustración entonces entra en esta fórmula y acompaña cada intento fallido de ser perfectos sin aceptar sinceramente ni errores ni triunfos aunque sean parciales ya que la perfección, que no existe, es inalcanzable y fue creada ideológicamente como mecanismo de control social entre las personas que nunca podrán serlo pero siempre deben intentarlo y afectarse si no lo logran.

Si somos objetivos y conscientes de nuestra realidad, nos daremos cuenta de que existen por día, miles de pequeños triunfos que podemos reconocer y hasta celebrar. Igualmente, si nos dejamos de supuestos perfeccionismos podremos darnos nuestro lugar por nuestros méritos, sin dejar de perseguir nuestros sueños.

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