En la vida, nos hemos acostumbrado a pensar en la felicidad como un premio que asociado al logro de ciertas metas. La mayoría de nosotros esperamos que la felicidad llegue después de, por medio de, hasta que, postergando infinitamente la vivencia de una de las condiciones naturales más importantes que tenemos para vivir y aprovechar la vida al máximo.

Haciendo un recuento, la felicidad se ha postergado tantas veces que muchas personas pierden el interés en ella o deciden finalmente vivir sin esperanza de ser felices, cuando en realidad la felicidad, aunque hay que construirla, está a nuestra disposición aquí y ahora. Imaginemos que somos estudiantes que consideran que cuando se graduen serán felices, luego de graduados, esperan ser felices cuando encuentren un buen trabajo, luego cuando obtengan mejores ingresos, luego cuando sean promovidos a un mejor puesto, luego pretenden ser felices cuando se resuelvan todos los problemas y luego cuando se jubilen. Finalmente, estas personas que pudieron ser felices como estudiantes en un principio, esperan ser felices cuando mueran.

El día de hoy, que es en realidad el único que tenemos, nos brinda una inmensa cantidad de oportunidades para vivir felizmente por medio de las experiencias que nos son placenteras, de las actividades que nos resultan satisfactorias, de las causas con las que nos podemos comprometer y con toda oportunidad de avanzar en el sentido de nuestra vida.

Se debe esclarecer que esta manera de ser felices no significa abandonar nuestras responsabilidades o dedicarnos al hedonismo o búsqueda obsesiva por el placer, sino de aprovechar la vida con sus ventajas y dificultades de manera positiva.

Es común escuchar a muchas personas referirse a su trabajo, obligaciones cotidianas, estudio, relaciones familiares, entre otros aspectos de la vida en términos de sacrificio como “males necesarios” o condenas. Muchos de nosotros inclusive, voluntariamente buscamos situaciones adversas, negativas, corrosivas y hasta potencialmente letales, como forma de vida y mecanismos para lograr nuestras metas de felicidad, misma que alejamos con cada nuevo sufrimiento que enfrentamos. Para ejemplificar esto, un persona puede someterse a una dinámica de violencia doméstica con la creencia de que si tolera esta situación, podrá tener una familia perfecta que la hará muy feliz. De la misma manera, una persona puede dejar de comer para ser bella, de forma que la gente la quiera y así ser feliz. En realidad, ambos casos denotan una postergación patológica del derecho a ser felices que estos sujetos tienen. La perfección que se persigue en el primer caso es muy esquiva, ya que no existe, y la persona podría mediante una mejor situación de vida, sentirse mejor y vivir felizmente si solo pusiera su felicidad como una prioridad. La otra persona podría mediante actividades deportivas que le resulten gratificantes, lograr una mejor apariencia, mejor autoestima y un nuevo entendimiento de que ser querida no depende de su imagen, ya que en el desarrollo de dicha actividad experimentaría mejores emociones y posiblemente, relaciones sociales más satisfactorias.

Ser felices es una decisión que necesitamos tomar cada día y convertir en una prioridad. Muchas de las actividades de nuestra cotidianidad puede que nos resulten adversas y no se sugiere que se abandone todo aquello que es displacentero, especialmente cuando las satisfacción de nuestras necesidades básicas y posiblemente las de nuestra familia dependen de ellas, pero si se insta al lector a encontrar la forma de disfrutar de dichas actividades, transformar su actitud y encontrar elementos que puedan mejorar la experiencia y si resulta necesario, decidirse a hacer un cambio positivo en la vida, para experimentar un bienestar subjetivo más contundente en el día a día.

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