Archive for febrero, 2011


Muchas veces esperamos hasta que una situación está en muy mal estado, cómo una relación, o falta poco tiempo para que deba dar resultados, como un proyecto, para dedicarnos al 100% a la labor de obtener resultados positivos. En estas condiciones que muchas veces nosotros mismos propiciamos pero que también se dan naturalmente, es lógico que se haga un esfuerzo monumental para salir adelante con la meta y también es lógico que dicho esfuerzo se acompañe con una carga importante de ansiedad que puede causarnos angustia.

La angustia es la sensación de malestar más frecuente en las personas y se caracteriza por un malestar subjetivo generalizado que genera dolor a nivel cognitivo, emocional, físico y social. Se asocia al temor a una amenaza y tiene manifestaciones fisiológicas que pueden inclusive ser peligrosas para la vida como aumento en el ritmo cardíaco, temblores, sudoración excesiva, falta de aire y opresión en el pecho. La angustia es un mecanismo natural del organismo que responde a ciertas condiciones como señal de alarma ante el peligro y potencia reacciones del tipo fight or flight, de huida o pelea, pero también puede dispararse por amenazas subjetivas, irracionales e irreales.

Las personas que asocian, por condicionamiento a lo largo de sus vidas, por aprendizaje social o cualquier otro mecanismo, que el esfuerzo conlleva ansiedad y angustia, posiblemente también asocien el trabajo con un estado similar por lo cual, pueden considerar que la meta de sus vidas es llegar a “no tener que trabajar”. Este enunciado y otros asociados es bastante frecuente entre las personas, y primordialmente entre aquellas que no se realizan en sus ocupaciones por múltiples razones que en esta publicación no comentaremos pero que hemos tratado antes y trataremos próximamente.

La fase de neo-hedonismo, que actualmente vivimos promueve también valores de mínimo esfuerzo, riqueza fácil, vida dedicada al ocio y placer artificial… lógicamente, vemos a muchos jóvenes escoger las carreras que “más pagan”, son más sencillas o conllevan menos esfuerzo, dejando de lado sus pasiones vocacionales e intereses personales. De ahí que las personas, cuando enfrentan el mundo laboral con todos sus retos, reiteran la asociación entre esfuerzo y angustia. La meta es que todo sea fácil y no que todo sea gratificante…

De todas formas, las personas que encuentran sus pasiones vocacionales y siguen sus rumbos profesionales, logran ver la diferencia entre esfuerzo y angustia, dado que la vivencia del trabajo se vuelve absolutamente gratificante y hasta placentera y la angustia vuelve a su función natural de alertar acerca de amenazas y proteger la vida.

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No es posible llenar un vaso que ya está lleno. Cualquier intento de llenar un espacio que ya está atiborrado es inútil y frustrante dado que el resultado será o la imposibilidad plena o el desorden máximo que se produce cuando se trata de mantener lo que ya existe e incorporar cosas nuevas.

Sea física o emocionalmente, un espacio lleno no se puede llenar sin expandir el espacio o sacar algunas de las cosas que ya existen en el. Se sabe que la mente no tiene límites en su capacidad de almacenamiento pero la atención y la concentración sí tienen un límite, mas bien corto o reducido. Todos hemos visto closets, gavetas, bodegas, cajones o alacenas llenas a más no poder con todo tipo de prenda, objeto, parte, pieza, envoltorio, papel, que las personas que tienden a este tipo de acumulación compulsiva llaman “recuerdo” y conservan por su valor sentimental o supuesta utilidad práctica proyectada en el tiempo, por si algún día se ocupa. Este es un tema por sí mismo y no se pretende ahondar en la acumulación compulsiva pero dicha condición es un reflejo de un estado afectivo igualmente peligroso, la acumulación de emociones negativas, rencores, recuerdos dolorosos, relaciones fallidas, traiciones, mentiras y demás. Inclusive, algunas personas que no tienden a la acumulación material sí tienen dificultades en la eliminación saludables de los eventos pasados.

Si se debe guardar, se debe guardar lo que en realidad sirve, lo que verdaderamente representa un logro o triunfo en la vida, las emociones, recuerdos y relaciones que han sido positivas en nuestra vida. Por lo demás, debemos aprender a botar todo aquello que no es constructivo, positivo o edificante.

Revisemos la forma en la que guardamos y la cantidad y calidad de vacío que nos permitimos. De la misma forma en la que podemos llenar un vaso vacío con lo que queramos, podemos utilizar un margen sano de vacío en nuestra mente, en nuestras emociones y en nuestra vida en general.

Un fenómeno bien conocido por las personas que trabajan en salud, particularme por aquellos que nos dedicamos a la salud mental, es el estrés secundario. Este tipo de estrés se puede definir como un meta-estrés en el cual las personas sufren de ansiedad y distintas manifestaciones adversas relacionadas al estrés por la preocupación que sienten por estresarse. Mas o menos funciona de la siguiente manera. Las personas preveen que la reunión a la que se dirigen puede ser muy intensa y generarles mucho estrés y entonces, la sola idea del estrés que sentirán, dispara una activación orgánica intensa y muy adversa. En realidad, estas personas no saben si la reunión será tensa, complicada, extendida o molesta pero la sola anticipación de estas condiciones dispara una respuesta ansiógena que altera su equilibrio, produciendo mucho malestar. Podría decirse que es una activación fantasma, en la que la sombra de la experiencia estresante genera por sí misma mucho estrés. Por ejemplo, es la reacción que puede tener un individuo cuando aflora la idea en su mente de que tendrá que abordar un ascensor para llegar a su destino, cuando los ascensores le producen mucha angustia o un miedo irracional. La sola idea del viaje en ascensor dispara la respuesta ansiógena.

Algunos homólogos de este tipo de activación, que llamamos estrés secundario, son el miedo a sentir miedo, el enojo ante la idea de enojarse, el sufrir anticipando un sufrimiento futuro. De todas formas y a través de todas estas manifestaciones vemos el poder del pensamiento que no requiere ni siquiera de la presencia del estímulo estresante para lograr una respuesta de intensidad considerable. La psicología cognitiva, llama a este mecanismo, una comunicación interna, misma que como su nombre lo dice, se da dentro del individuo y se corresponde con su experiencia. Por ejemplo, si sabemos que las reuniones con el jefe son estresantes, podemos anticipar esa condición y empezar a estresarnos sin saber si esta reunión en particular será igual, si el jefe asistirá, si tendrá el mismo impacto en nuestro bienestar que las anteriores han tenido. El mecanismo existe dada la capacidad de la mente humana de abstraerse con base en la experiencia y anticipar el futuro pero, ¿será que la anticipación que producimos es siempre realista, será que es lógica, funcional y positiva? ¿Podrá ser que la anticipación de un conflicto afecte nuestra actitud hasta ayudarnos a propiciar esa situación que desearíamos evitar?¿Puede ser que si anticipamos un resultado negativo estamos ayudando a que este ocurra? Distintas teorías dicen que nuestra actitud, en gran medida, predispone el resultado de los distintos acontecimientos de nuestra vida. Por ejemplo, si creemos que nuestra discusión con un compañero será adversa y este compañero nos ofenderá y faltará al respeto, puede que lleguemos a dicho espacio con una actitud agresiva o adversa que en realidad puede disparar el conflicto.

Si por el contrario, hacemos un esfuerzo deliberado y sistemático para esperar lo mejor, pensar que las personas van a comportarse a la altura de la situación, tenemos expectativas al menos neutrales acerca de la reunión, la conversación, la negociación o el evento, podemos al menos también no predisponer el resultado. Si creemos que disfrutaremos de una conversación con un compañero o subalterno, nuestro lenguaje corporal será más distendido, nuestra gesticulación más relajada y amena, nuestros intercambios más simples y tranquilos. Es posible que nuestra nueva actitud cambie el resultado en este escenario.

¿Por qué entonces no anticipar resultados positivos, felices, divertidos o placenteros? Si nos alegramos por la alegría que vamos a sentir, cada mañana y a cada momento, lenta y paulatinamente adquiriremos el hábito de anticipar positivamente y definitivamente lograremos ejercer una influencia positiva en nuestro entorno. Es de esperar que  pronto empecemos a experimentar sistemáticamente mejores condiciones y excelentes resultados en nuestra vida.