No es posible llenar un vaso que ya está lleno. Cualquier intento de llenar un espacio que ya está atiborrado es inútil y frustrante dado que el resultado será o la imposibilidad plena o el desorden máximo que se produce cuando se trata de mantener lo que ya existe e incorporar cosas nuevas.

Sea física o emocionalmente, un espacio lleno no se puede llenar sin expandir el espacio o sacar algunas de las cosas que ya existen en el. Se sabe que la mente no tiene límites en su capacidad de almacenamiento pero la atención y la concentración sí tienen un límite, mas bien corto o reducido. Todos hemos visto closets, gavetas, bodegas, cajones o alacenas llenas a más no poder con todo tipo de prenda, objeto, parte, pieza, envoltorio, papel, que las personas que tienden a este tipo de acumulación compulsiva llaman “recuerdo” y conservan por su valor sentimental o supuesta utilidad práctica proyectada en el tiempo, por si algún día se ocupa. Este es un tema por sí mismo y no se pretende ahondar en la acumulación compulsiva pero dicha condición es un reflejo de un estado afectivo igualmente peligroso, la acumulación de emociones negativas, rencores, recuerdos dolorosos, relaciones fallidas, traiciones, mentiras y demás. Inclusive, algunas personas que no tienden a la acumulación material sí tienen dificultades en la eliminación saludables de los eventos pasados.

Si se debe guardar, se debe guardar lo que en realidad sirve, lo que verdaderamente representa un logro o triunfo en la vida, las emociones, recuerdos y relaciones que han sido positivas en nuestra vida. Por lo demás, debemos aprender a botar todo aquello que no es constructivo, positivo o edificante.

Revisemos la forma en la que guardamos y la cantidad y calidad de vacío que nos permitimos. De la misma forma en la que podemos llenar un vaso vacío con lo que queramos, podemos utilizar un margen sano de vacío en nuestra mente, en nuestras emociones y en nuestra vida en general.

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