Muchas veces esperamos hasta que una situación está en muy mal estado, cómo una relación, o falta poco tiempo para que deba dar resultados, como un proyecto, para dedicarnos al 100% a la labor de obtener resultados positivos. En estas condiciones que muchas veces nosotros mismos propiciamos pero que también se dan naturalmente, es lógico que se haga un esfuerzo monumental para salir adelante con la meta y también es lógico que dicho esfuerzo se acompañe con una carga importante de ansiedad que puede causarnos angustia.

La angustia es la sensación de malestar más frecuente en las personas y se caracteriza por un malestar subjetivo generalizado que genera dolor a nivel cognitivo, emocional, físico y social. Se asocia al temor a una amenaza y tiene manifestaciones fisiológicas que pueden inclusive ser peligrosas para la vida como aumento en el ritmo cardíaco, temblores, sudoración excesiva, falta de aire y opresión en el pecho. La angustia es un mecanismo natural del organismo que responde a ciertas condiciones como señal de alarma ante el peligro y potencia reacciones del tipo fight or flight, de huida o pelea, pero también puede dispararse por amenazas subjetivas, irracionales e irreales.

Las personas que asocian, por condicionamiento a lo largo de sus vidas, por aprendizaje social o cualquier otro mecanismo, que el esfuerzo conlleva ansiedad y angustia, posiblemente también asocien el trabajo con un estado similar por lo cual, pueden considerar que la meta de sus vidas es llegar a “no tener que trabajar”. Este enunciado y otros asociados es bastante frecuente entre las personas, y primordialmente entre aquellas que no se realizan en sus ocupaciones por múltiples razones que en esta publicación no comentaremos pero que hemos tratado antes y trataremos próximamente.

La fase de neo-hedonismo, que actualmente vivimos promueve también valores de mínimo esfuerzo, riqueza fácil, vida dedicada al ocio y placer artificial… lógicamente, vemos a muchos jóvenes escoger las carreras que “más pagan”, son más sencillas o conllevan menos esfuerzo, dejando de lado sus pasiones vocacionales e intereses personales. De ahí que las personas, cuando enfrentan el mundo laboral con todos sus retos, reiteran la asociación entre esfuerzo y angustia. La meta es que todo sea fácil y no que todo sea gratificante…

De todas formas, las personas que encuentran sus pasiones vocacionales y siguen sus rumbos profesionales, logran ver la diferencia entre esfuerzo y angustia, dado que la vivencia del trabajo se vuelve absolutamente gratificante y hasta placentera y la angustia vuelve a su función natural de alertar acerca de amenazas y proteger la vida.

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