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Muchas veces esperamos hasta que una situación está en muy mal estado, cómo una relación, o falta poco tiempo para que deba dar resultados, como un proyecto, para dedicarnos al 100% a la labor de obtener resultados positivos. En estas condiciones que muchas veces nosotros mismos propiciamos pero que también se dan naturalmente, es lógico que se haga un esfuerzo monumental para salir adelante con la meta y también es lógico que dicho esfuerzo se acompañe con una carga importante de ansiedad que puede causarnos angustia.

La angustia es la sensación de malestar más frecuente en las personas y se caracteriza por un malestar subjetivo generalizado que genera dolor a nivel cognitivo, emocional, físico y social. Se asocia al temor a una amenaza y tiene manifestaciones fisiológicas que pueden inclusive ser peligrosas para la vida como aumento en el ritmo cardíaco, temblores, sudoración excesiva, falta de aire y opresión en el pecho. La angustia es un mecanismo natural del organismo que responde a ciertas condiciones como señal de alarma ante el peligro y potencia reacciones del tipo fight or flight, de huida o pelea, pero también puede dispararse por amenazas subjetivas, irracionales e irreales.

Las personas que asocian, por condicionamiento a lo largo de sus vidas, por aprendizaje social o cualquier otro mecanismo, que el esfuerzo conlleva ansiedad y angustia, posiblemente también asocien el trabajo con un estado similar por lo cual, pueden considerar que la meta de sus vidas es llegar a “no tener que trabajar”. Este enunciado y otros asociados es bastante frecuente entre las personas, y primordialmente entre aquellas que no se realizan en sus ocupaciones por múltiples razones que en esta publicación no comentaremos pero que hemos tratado antes y trataremos próximamente.

La fase de neo-hedonismo, que actualmente vivimos promueve también valores de mínimo esfuerzo, riqueza fácil, vida dedicada al ocio y placer artificial… lógicamente, vemos a muchos jóvenes escoger las carreras que “más pagan”, son más sencillas o conllevan menos esfuerzo, dejando de lado sus pasiones vocacionales e intereses personales. De ahí que las personas, cuando enfrentan el mundo laboral con todos sus retos, reiteran la asociación entre esfuerzo y angustia. La meta es que todo sea fácil y no que todo sea gratificante…

De todas formas, las personas que encuentran sus pasiones vocacionales y siguen sus rumbos profesionales, logran ver la diferencia entre esfuerzo y angustia, dado que la vivencia del trabajo se vuelve absolutamente gratificante y hasta placentera y la angustia vuelve a su función natural de alertar acerca de amenazas y proteger la vida.

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No es posible llenar un vaso que ya está lleno. Cualquier intento de llenar un espacio que ya está atiborrado es inútil y frustrante dado que el resultado será o la imposibilidad plena o el desorden máximo que se produce cuando se trata de mantener lo que ya existe e incorporar cosas nuevas.

Sea física o emocionalmente, un espacio lleno no se puede llenar sin expandir el espacio o sacar algunas de las cosas que ya existen en el. Se sabe que la mente no tiene límites en su capacidad de almacenamiento pero la atención y la concentración sí tienen un límite, mas bien corto o reducido. Todos hemos visto closets, gavetas, bodegas, cajones o alacenas llenas a más no poder con todo tipo de prenda, objeto, parte, pieza, envoltorio, papel, que las personas que tienden a este tipo de acumulación compulsiva llaman “recuerdo” y conservan por su valor sentimental o supuesta utilidad práctica proyectada en el tiempo, por si algún día se ocupa. Este es un tema por sí mismo y no se pretende ahondar en la acumulación compulsiva pero dicha condición es un reflejo de un estado afectivo igualmente peligroso, la acumulación de emociones negativas, rencores, recuerdos dolorosos, relaciones fallidas, traiciones, mentiras y demás. Inclusive, algunas personas que no tienden a la acumulación material sí tienen dificultades en la eliminación saludables de los eventos pasados.

Si se debe guardar, se debe guardar lo que en realidad sirve, lo que verdaderamente representa un logro o triunfo en la vida, las emociones, recuerdos y relaciones que han sido positivas en nuestra vida. Por lo demás, debemos aprender a botar todo aquello que no es constructivo, positivo o edificante.

Revisemos la forma en la que guardamos y la cantidad y calidad de vacío que nos permitimos. De la misma forma en la que podemos llenar un vaso vacío con lo que queramos, podemos utilizar un margen sano de vacío en nuestra mente, en nuestras emociones y en nuestra vida en general.

Un fenómeno bien conocido por las personas que trabajan en salud, particularme por aquellos que nos dedicamos a la salud mental, es el estrés secundario. Este tipo de estrés se puede definir como un meta-estrés en el cual las personas sufren de ansiedad y distintas manifestaciones adversas relacionadas al estrés por la preocupación que sienten por estresarse. Mas o menos funciona de la siguiente manera. Las personas preveen que la reunión a la que se dirigen puede ser muy intensa y generarles mucho estrés y entonces, la sola idea del estrés que sentirán, dispara una activación orgánica intensa y muy adversa. En realidad, estas personas no saben si la reunión será tensa, complicada, extendida o molesta pero la sola anticipación de estas condiciones dispara una respuesta ansiógena que altera su equilibrio, produciendo mucho malestar. Podría decirse que es una activación fantasma, en la que la sombra de la experiencia estresante genera por sí misma mucho estrés. Por ejemplo, es la reacción que puede tener un individuo cuando aflora la idea en su mente de que tendrá que abordar un ascensor para llegar a su destino, cuando los ascensores le producen mucha angustia o un miedo irracional. La sola idea del viaje en ascensor dispara la respuesta ansiógena.

Algunos homólogos de este tipo de activación, que llamamos estrés secundario, son el miedo a sentir miedo, el enojo ante la idea de enojarse, el sufrir anticipando un sufrimiento futuro. De todas formas y a través de todas estas manifestaciones vemos el poder del pensamiento que no requiere ni siquiera de la presencia del estímulo estresante para lograr una respuesta de intensidad considerable. La psicología cognitiva, llama a este mecanismo, una comunicación interna, misma que como su nombre lo dice, se da dentro del individuo y se corresponde con su experiencia. Por ejemplo, si sabemos que las reuniones con el jefe son estresantes, podemos anticipar esa condición y empezar a estresarnos sin saber si esta reunión en particular será igual, si el jefe asistirá, si tendrá el mismo impacto en nuestro bienestar que las anteriores han tenido. El mecanismo existe dada la capacidad de la mente humana de abstraerse con base en la experiencia y anticipar el futuro pero, ¿será que la anticipación que producimos es siempre realista, será que es lógica, funcional y positiva? ¿Podrá ser que la anticipación de un conflicto afecte nuestra actitud hasta ayudarnos a propiciar esa situación que desearíamos evitar?¿Puede ser que si anticipamos un resultado negativo estamos ayudando a que este ocurra? Distintas teorías dicen que nuestra actitud, en gran medida, predispone el resultado de los distintos acontecimientos de nuestra vida. Por ejemplo, si creemos que nuestra discusión con un compañero será adversa y este compañero nos ofenderá y faltará al respeto, puede que lleguemos a dicho espacio con una actitud agresiva o adversa que en realidad puede disparar el conflicto.

Si por el contrario, hacemos un esfuerzo deliberado y sistemático para esperar lo mejor, pensar que las personas van a comportarse a la altura de la situación, tenemos expectativas al menos neutrales acerca de la reunión, la conversación, la negociación o el evento, podemos al menos también no predisponer el resultado. Si creemos que disfrutaremos de una conversación con un compañero o subalterno, nuestro lenguaje corporal será más distendido, nuestra gesticulación más relajada y amena, nuestros intercambios más simples y tranquilos. Es posible que nuestra nueva actitud cambie el resultado en este escenario.

¿Por qué entonces no anticipar resultados positivos, felices, divertidos o placenteros? Si nos alegramos por la alegría que vamos a sentir, cada mañana y a cada momento, lenta y paulatinamente adquiriremos el hábito de anticipar positivamente y definitivamente lograremos ejercer una influencia positiva en nuestro entorno. Es de esperar que  pronto empecemos a experimentar sistemáticamente mejores condiciones y excelentes resultados en nuestra vida.


Mucho se ha argumentado acerca de las tecnologías de información y comunicación y como supuestamente estas tienden a aislar a las personas en sus mundos personales, impidiendo que interactúen satisfactoriamente con los demás. Se teme que los jóvenes nacidos después de 1980, hayan emprendido un camino sin retorno hacia la distancia social definitiva y que al igual que en la película Wall-E, la humanidad llegué a un punto en el que cualquier intercambio personal será mediatizado por las computadoras y otros artefactos tecnológicos que impedirán el contacto real. A estos temores y fatalismos producto de la inercia mental de las generaciones mayores, se les deben cuestionar con algunas de las siguientes consideraciones.

Nada en sí mismo es bueno o malo y todo depende de la interpretación que se le dé. No digo que el crime, el hambre la pobreza y otros fenómenos sociales puedan ser buenos pero sí que existen alternativas para comprender el fenómeno humano de forma más positiva, antes de llegar a síntomas extremos como los mencionados. Si bien es cierto que los aparatos tecnológicos requieren de nuestra atención y energía para que cumplan con sus funciones, es el uso que se le dé a esos aparatos el que determina el impacto que tienen en la vida de las personas. Es cierto que al digitar un mensaje de texto o correo electrónico dificilmente podré mantener una conversación en persona con otro ser humano, también es cierto que dichas tecnologías me permiten mantener intercambios con muchas personas en muchos lugares del mundo. De acuerdo con que ninguna máquina puede dar un abrazo como lo daría una persona, pero el balance en este caso es el que define el éxito de relaciones interpersonales cercanas o distantes.

Es mi costumbre, de vez en cuando, escribir un mensaje positivo a mis allegados, aveces colectivamente y aveces individualmente, en los que les digo porque los aprecio, los admiro, les agradezco, hago mención de sus principales fortalezas y mejores características, de acuerdo a mi percepción. No necesito un motivo en particular más que el deseo de “alegrarle el día” a alguien que sé que lo apreciará. En realidad, de acuerdo a las propuestas de la Psicología Positiva, hacer felices a los demás deliberadamente es una actividad que genera mucha felicidad en las personas. Cuando se hace un esfuerzo consiente por darle un momento de alegría a otra persona, haciendo uso de nuestros recursos y habilidades, el resultado es un incremento importante en el nivel de bienestar subjetivo de los involucrados. Algunas corrientes ideológicas y hasta religiosas identifican el acto de dar como el más gratificante y como el precursor del recibir en una dinámica de intercambio. De esta manera, si doy felicidad, en este caso mediante la comunicación mediada por la tecnología, es muy posible que eso reciba a cambio.

Como es costumbre en el ser humano, y principalmente en Costa Rica, todo lo nuevo es visto con recelo y acusado de ser satánico o causar cáncer, por otra parte, todo lo nuevo es percibido por sus amenazas o repercusiones negativas. De esta manera, una corriente de pensamiento considera que un niño frente a una computadora con acceso a Internet, es una bomba de tiempo que degenererá invariablemente en perversiones sexuales, consumo de drogas, crimen, secuestro y la muerte, o mucho peor. Se pasan por alto todas las maravillosas oportunidades que existen para que los niños y jóvenes aprovechen esta herramienta para desarrollar sus intereses, obtener emociones positivas, interactuar con modelos sociales positivos y desarrollar redes de contactos que los acompañaran y protegerán a lo largo de sus vidas, muy probablemente hacia su realización personal. Además, la comunicación es una constante en la vida de las personas y no se puede evitar en ningún momento, de acuerdo a uno de los axiomas de la comunicación de Paul Watzlawick y es importante entonces, optimizar la calidad y rumbo de dicha comunicación, más que impedirla o dificultarla. Por ejemplo, la Internet se puede utilizar para desarrollar un camino claro hacia el sentido de la propia vida y puede ayudar a desarrollar en compromiso personal de niños y jóvenes hacia un campo particular del conocimiento.

La guía que se haga de la utilización de este tipo de herramientas, es la que determina que impacto tendrá en la vida de los niños. Una de las formas más apropiadas para guiar efectivamente a los menores hacia su aprovechamiento de esta oportunidad es el modelaje que los adultos hagan con su propia utilización de estas tecnologías.

¿A qué dedicaríamos nuestra vida si no tuviéramos que preocuparnos por el dinero, la opinión de los demás y creyéramos que no tenemos ninguna limitante en nuestra vida? La respuesta a esta pregunta puede plantear una realidad difícil de implementar inmediatamente, pero por lo general es clara. Muchos de nosotros sabemos cuales son aquellas actividades o causas a las que nos dedicaríamos si nuestras necesidades estuvieran cubiertas pero, ¿Qué nos impide dedicarnos a esa actividad o causa y por medio de esta, satisfacer nuestras necesidades?

He escuchado a muchas personas, en consulta y en las más diversas situaciones, manifestar que se dedicarían a una u otra cosa si no tuvieran que trabajar, estudiar, si no tuvieran obligaciones. En realidad, y aunque puede sonar utópico antes de considerarlo objetivamente, podemos efectivamente y mediante esfuerzos objetivos, llegar a dedicarnos profesionalmente a casi cualquier cosa. He escuchado a una persona decir, nostalgicamente, que si no tuviera que trabajar en el banco, se dedicaría a diseñar y confeccionar ropa, lo cual siempre había sido su sueño. No se trata de abandonar las obligaciones irresponsablemente pero si de reconocer lo que nos gratifica, interesa y llena nuestro sentido en la vida y enrumbarnos hacia esto. Si lo consideramos, esta es nuestra verdadera obligación con nosotros mismos y con Dios que nos ha dotado con una serie de talentos que debemos aprovechar, mismos que nos acercaran a nuestra realización y felicidad.

No nos permitamos llegar a la edad de retiro sin que nuestra vida haya sido provechosa y satisfactoria para nosotros mismos, más allá del salario y las garantías que un trabajo estable nos puede brindar, necesitamos sentirnos completos, plenos y orgullosos de haber vivido de acuerdo a nuestra vocación, a nuestra pasión. Dentro de los márgenes de la ley, cualquier ocupación es digna y si tenemos conciencia de nuestros talentos y fortalezas, proyectemos una vida en la que el trabajo sea una fuente de satisfacción y logro, el cansancio se asocie a una sonrisa de gratificación y podamos ver el resultado valioso y significante de nuestros esfuerzos.

Finalmente, consideremos que la carrera o el trabajo no es el que paga, sino la calidad profesional de la persona que ejecuta ese trabajo. Por más dedicados que seamos en la realización de un trabajo que no representa nuestros intereses, fortalezas, talentos y sentido, no podremos vivir este espacio al máximo, no seremos los mejores y de alguna manera estaremos cambiando tiempo y esfuerzo por dinero, mientras que si nos dedicamos a aquello que nos llena, cada instante en el trabajo será el mejor.

 

En la vida, nos hemos acostumbrado a pensar en la felicidad como un premio que asociado al logro de ciertas metas. La mayoría de nosotros esperamos que la felicidad llegue después de, por medio de, hasta que, postergando infinitamente la vivencia de una de las condiciones naturales más importantes que tenemos para vivir y aprovechar la vida al máximo.

Haciendo un recuento, la felicidad se ha postergado tantas veces que muchas personas pierden el interés en ella o deciden finalmente vivir sin esperanza de ser felices, cuando en realidad la felicidad, aunque hay que construirla, está a nuestra disposición aquí y ahora. Imaginemos que somos estudiantes que consideran que cuando se graduen serán felices, luego de graduados, esperan ser felices cuando encuentren un buen trabajo, luego cuando obtengan mejores ingresos, luego cuando sean promovidos a un mejor puesto, luego pretenden ser felices cuando se resuelvan todos los problemas y luego cuando se jubilen. Finalmente, estas personas que pudieron ser felices como estudiantes en un principio, esperan ser felices cuando mueran.

El día de hoy, que es en realidad el único que tenemos, nos brinda una inmensa cantidad de oportunidades para vivir felizmente por medio de las experiencias que nos son placenteras, de las actividades que nos resultan satisfactorias, de las causas con las que nos podemos comprometer y con toda oportunidad de avanzar en el sentido de nuestra vida.

Se debe esclarecer que esta manera de ser felices no significa abandonar nuestras responsabilidades o dedicarnos al hedonismo o búsqueda obsesiva por el placer, sino de aprovechar la vida con sus ventajas y dificultades de manera positiva.

Es común escuchar a muchas personas referirse a su trabajo, obligaciones cotidianas, estudio, relaciones familiares, entre otros aspectos de la vida en términos de sacrificio como “males necesarios” o condenas. Muchos de nosotros inclusive, voluntariamente buscamos situaciones adversas, negativas, corrosivas y hasta potencialmente letales, como forma de vida y mecanismos para lograr nuestras metas de felicidad, misma que alejamos con cada nuevo sufrimiento que enfrentamos. Para ejemplificar esto, un persona puede someterse a una dinámica de violencia doméstica con la creencia de que si tolera esta situación, podrá tener una familia perfecta que la hará muy feliz. De la misma manera, una persona puede dejar de comer para ser bella, de forma que la gente la quiera y así ser feliz. En realidad, ambos casos denotan una postergación patológica del derecho a ser felices que estos sujetos tienen. La perfección que se persigue en el primer caso es muy esquiva, ya que no existe, y la persona podría mediante una mejor situación de vida, sentirse mejor y vivir felizmente si solo pusiera su felicidad como una prioridad. La otra persona podría mediante actividades deportivas que le resulten gratificantes, lograr una mejor apariencia, mejor autoestima y un nuevo entendimiento de que ser querida no depende de su imagen, ya que en el desarrollo de dicha actividad experimentaría mejores emociones y posiblemente, relaciones sociales más satisfactorias.

Ser felices es una decisión que necesitamos tomar cada día y convertir en una prioridad. Muchas de las actividades de nuestra cotidianidad puede que nos resulten adversas y no se sugiere que se abandone todo aquello que es displacentero, especialmente cuando las satisfacción de nuestras necesidades básicas y posiblemente las de nuestra familia dependen de ellas, pero si se insta al lector a encontrar la forma de disfrutar de dichas actividades, transformar su actitud y encontrar elementos que puedan mejorar la experiencia y si resulta necesario, decidirse a hacer un cambio positivo en la vida, para experimentar un bienestar subjetivo más contundente en el día a día.

La simetría y la complementariedad son conceptos clínicos de la teoría de la comunicación, incorporados a la psicología sistémica, ya que describen como las personas interactuan como iguales o como desiguales y esto puede generar, en ambos casos, una serie de dificultades inter e intrapersonales. Cuando se interactua con pares o iguales, se tiende a entrar en una competencia o escalada en la que ambos interlocutores quieres quedar por encima o derrotar a su contraparte. Este tipo de lucha se da primordialmente entre iguales no realizados personalmente, que sienten amenazas en una relación en la que en apariencia hay igualdad y ninguno prevalece en poder sobre el otro.

Las relaciones entre distintos o relaciones complementarias, tienden a tener dificultades por abuso, ya que el individuo más poderoso tiende a imponer su opinión y deseos sobre el otro. De aquí podemos comprender las dinámicas de abuso de todo tipo, desde la corrupción del gobierno hasta el bullying, ya que el poder cumple el rol de organización social primitiva, como en las manadas de lobos.

Idealmente, los seres humanos deberíamos reconocernos en nuestras particularidades e interactuar sin sesgos jerárquicos que nos dividan pero en realidad, dicho proceder está programado genéticamente como mecanismo estructurante de las relaciones sociales y cumple la función de asignar el poder a algunos miembros para evitar el caos anárquico que puede conducir a la extinción total de la especie. Actualmente, el mecanismo de distribución del poder de la forma descrita, aunque todavía estructura nuestra sociedad, ya no es necesario, puesto que las personas tenemos o deberíamos de tener consiciencia del valor de la dinámica social y la interdependencia que mantenemos con los demás seres humanos y elementos del universo. Una posición más nivelada, de igualdad, respeto y cuidado mutuo se sobreviene como la única opción para evolucionar hacia un estado más adaptativo, productivo y hasta compatible con la vida.

Es difícil creer que pueda existir armonía si hay disparidad, también es difícil pensar que las personas podamos vivir en paz si nuestra meta es superar a los otros. Esta idea, ya ha sido propuesta por distintos modelos ideológicos en el pasado y con distintas consecuencias, desde el cristianismo hasta el comunismo, ha logrado un impacto en la humanidad, aunque en todos los casos, la idea original de igualdad y respeto mutuo se ha convertido en una escusa para la acumulación y enriquesimiento de algunos sectores. La solución, es el bienestar general, no esperar que los que más tienen donen sus excedentes, sino que la gente encuentre lo que la llena y se dedique a esto quitando del frente la vana idea de la riqueza ilimitada. En todo caso, quien se dedica a lo que verdaderamente lo realiza, puede ser un mucho mejor profesional y más productivo que el que trabaja por dinero.

Sí para mí quiero felicidad, amor, plenitud, bienestar y paz, no hay manera posible de llegar a este estado procurando tristeza, odio, pobreza y conflicto en los demás. Si se puede vivir en realización plena, se puede procurar esto en los demás sin que ello signifique que hay que tener todo el dinero del mundo.

Al ayudar a los demás, me ayudo a mi mismo.

Se puede pensar que hemos crecido en una cultura de insatisfacción que nos obliga a creer que nunca es suficiente. Nunca tenemos suficiente dinero, suficientes bienes materiales, suficientes reconocimientos, suficientes experiencias, viajes, medallas. Al parecer, ni ante el mayor de los logros podemos aceptar que lo que sí tenemos es gratificante, satisfactorio y suficiente.

Conozco una historia en la que, después del partido final de campeonato de una liga de basket ball colegial, un

entrenador, reunió a su equipo campeón para reclamarle a gritos sus errores durante el partido, esto con el supuesto fin de no permitirles creer que ya lo habían hecho suficientemente bien, aunque el trofeo al primer lugar de la temporada señalaba lo contrario. Una de las frases que utilizó fue, “ustedes no son campeones por sus méritos, sino por los errores de los otros equipos”. Está por demás discutir cómo esta forma de tratar a sus “fracasados campeones” es un reflejo de esta cultura de supuesto perfeccionismo y habla de una autoestima muy frágil en este inepto entrenador.

Ante todo, y aun ante los mayores logros de la vida, hemos sido entrenados por falsa humildad o por orientación al

logro, a criticar fuertemente nuestro desempeño y resultados, siempre a la luz de lo que se pudo lograr con más esfuerzo, más dedicación o mayor compromiso. No se trata de abandonar nuestras metas o de no exigirnos al máximo de nuestro potencial pero sí debemos aprender a aceptar tanto fracasos como nuestros triunfos. En realidad, en la aceptación de nuestros fracasos tendemos a ser mucho más hábiles ya que se nos ha dicho, también por falsa humildad, que todos cometemos errores y que es de sabios reconocerlos y enmendarlos, refieriéndose más bien al deber que se tiene de ser el mejor, no mejor, el mejor en todo.

La frustración entonces entra en esta fórmula y acompaña cada intento fallido de ser perfectos sin aceptar sinceramente ni errores ni triunfos aunque sean parciales ya que la perfección, que no existe, es inalcanzable y fue creada ideológicamente como mecanismo de control social entre las personas que nunca podrán serlo pero siempre deben intentarlo y afectarse si no lo logran.

Si somos objetivos y conscientes de nuestra realidad, nos daremos cuenta de que existen por día, miles de pequeños triunfos que podemos reconocer y hasta celebrar. Igualmente, si nos dejamos de supuestos perfeccionismos podremos darnos nuestro lugar por nuestros méritos, sin dejar de perseguir nuestros sueños.

 

Una simple pregunta que refleja una importante realidad en la vida. ¿Quienes somos, cuales son nuestras cualidades, cuales son nuestros defectos y sí, cuál es el beneficio de ser mi pareja, mi jefe, mi compañero, mi amigo? El título de esta publicación hace alusión a una relación marital pero todas las relaciones están mediadas por el mismo proceso de discriminación consciente e inconsciente.

Si ante la pregunta planteada, no tenemos una respuesta afirmativa categórica y racional, entonces hemos logrado percibir la razón o razones por las cuales experimentamos las dificultades que surgen en nuestras relaciones interpersonales. Todas aquellas características personales o aspectos de nuestra propia personalidad que puedan impedir una respuesta afirmativa en este caso, son áreas de oportunidad que debemos atender.

De la misma manera, ¿Cuales de nuestras características personales serían óptimas o ideales para que nos contratáramos a nosotros mismos, nos escogéramos como miembros de un equipo de trabajo o nos aceptáramos a nosotros mismos como amigos?

El mecanismo que opera en este ejercicio es el de la introyección proyectiva, o sea, hemos percibido la imagen que proyectamos hacia afuera o hacia los demás. Si podemos registrar las razones por las cuales no nos casaríamos con nosotros mismos, no nos contrataríamos a nosotros mismos o no seríamos nuestros propios compañeros o amigos, tendremos material para el desarrollo y crecimiento personal.


Desde que empecé a caminar, en lugar de manejar, a los distintos destinos a los que cotidianamente me dirijo, he aprendido a disfrutar esa magnífica destreza que la evolución nos deparó y que al parecer, recientemente ha recobrado adeptos a nivel mundial por sus múltiples beneficios en salud y estética. Me refiero a caminar, ese acto maravilloso de poner un pie frente al otro reiteradamente, impulsando mi cuerpo sinergicamente hacia adelante y los lados, según el camino me lo requiera.

Al principio, las 14 cuadras que debía recorrer desde la parada del autobus hasta el edifico de la Universidad en la que anteriormente laboraba, me resultaban un tanto pesadas. Mi peso corporal se manifestaba en el resentimiento que mis pies sentían cuando finalmente llegaba a mi oficina y lograba sentarme en mi tan añorada silla. Con los días, poco a poco, fui sintiendome mejor en la caminata y pronto, empecé a disfrutar del camnio y a añadir cuadras, bajandome antes del autobus y aprovechando el sol, la gente que veía en el camino, las distintas rutas, parques, estatuas y otras atracciones cotidianas de la ciudad. Por sobre todo, lo que más aprendí a disfrutar, fue la brisa fresca en mi cara, mientras avanzaba en mi ruta matutina.

Cada día, descubrí nuevas atracciones y bellezas de mi anteriormente tan repudiada capital, ahora, casi un año desde que transito de esta manera por los distintos puntos por los que me muevo y cada vez disfruto más de caminar y sentarme por unos minutos en un parque, disfruto de pasar a una cafetería por un cafesito negro, de detenerme a conversar con los vendedores ambulantes con el pretexto de comprar alguno de sus productos o preguntar por algo que no tienen y de saludar a todos los demás transeúntes que encuentro en mi camino con un Buenos Días sonoro y sincero que la mayor parte del tiempo produce sonrisas y respuesta igualmente cálidas.

En mi camino diario, puedo observar a los conductores de los miles de vehículos que abarrotan las calles. No parecen disfrutar tanto el camino como yo. Van serios, enojados, vociferando y golpeando las manivelas con sus puños mientras gritan improperios y se retan violentamente los unos a los otros. Se supone que la tecnología sirve para facilitar y mejorar la vida. Dadas las condiciones de proximidad, clima y seguridad ciudadana que nuestro país nos brinda, he tenido y tenemos todos la posibilidad de disfrutar de nuestro camino, todos los días y sobre nuestras propias piernas.